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miércoles, 21 de mayo de 2014

Tu sin mi, yo contigo.

Camina despacio, intentando seguirle. La distancia es cada vez menor. O mayor, ninguno lo sabe. Se persiguen mientras huyen, porque no saben lo que quieren. Ahora si. Ahora no. Ahora tal vez.
Se observan mientras desvían la mirada. Se insultan mientras se suspiran. Se gritan solo para oírse. Quedan solo para verse. No se tocan, tienen miedo.
Pánico, el pánico de la incertidumbre, que les recorre desde la carótida hasta la femoral.
No hay hecho más simple, conocido, y mundial, que confiar en alguien, es darle el poder de destruirte. 
Caminaba entre la gente con las manos en los bolsillos. La calle abarrotada le daba la bienvenida, y ella rechazaba al sol con unas gafas de mercadillo. El frío le calaba los huesos, a pesar de ir envuelta en mil prendas de abrigo. Rodeada de gente, andaba sin rumbo, seguía a la multitud. Se sentía perdida, aunque sabía perfectamente dónde estaba.
Pensaba en todo sin pensar en nada, quería gritar pero estar callada, correr lejos sin levantarse del sofá.
Sabía que buscaba algo, sin saber que buscaba. O a lo mejor buscaba a alguien.
No alguien con quien casarse, o tener hijos, o pasar el resto de su vida.
Alguien con quien poder hablar 10 minutos, y que la comprendiera. O que, por lo menos, fingiese hacerlo. Alguien que le dijera, ''yo te escucho'', o ''no te preocupes, pasaremos juntos por ésto'', o ''te quiero''. Pero jamás lo encontraría.
Ella, muy en el fondo, lo sabía. Pero también sabía que no era culpa de nadie, nada más que suya. Porque ella era así; cerrada, orgullosa. No le gustaba pedir ayuda. No le gustaba pedir nada. Porque ella era la típica chica que lloraba al llegar a casa, pero a los cinco minutos estaba perfectamente maquillada.
Y así, siguiendo caminos que no le pertenecían, se dio cuenta de que estaba rodeada de gente, pero estaba sola.
Y lo compendió. Comprendió que hay algo mucho peor que estar sola.
No estarlo, pero sentirlo.
Porque eso, ya no tiene arreglo.