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domingo, 24 de marzo de 2013

Los jóvenes de nuestra época flipamos con películas de la Nouvelle Vague, admiramos que nuestros abuelos hayan pasado toda una vida juntos sin estar con nadie más y se nos cae el moquillo cuando vemos el beso de Iker Casillas y Sara Carbonero. Pero en el momento de la verdad la locura por amor más grande que nos atrevemos a hacer, es enviar la ''solicitud de amistad'' .
SOMOS ROMÁNTICOS QUE NO CREEN EN EL AMOR.
Y como no creemos en él, no dejamos que pase.


B u.

Hace generaciones existió una princesa, una bella princesa, llamada Cinderella. Con una larga cabellera color pajizo y unos profundos ojos castaños.
Vivía apresada en sí misma, encerrada en su interior. Dicen que no confiaba en nadie. Que lloraba cada noche y le tenía miedo a la felicidad. Hasta que lo vio a él. La primera vez que lo vio ella era una simple campesina, una más, un personaje secundario. No se atrevía a decir nada, por miedo a que se rieran de ella, a que le dijeran que una aldeana como ella jamás conseguiría estar a la altura de un príncipe.
A partir de entonces, en vez de llorar por las noches, comenzó a soñar. Soñaba con su voz, con sus manos recorriendo su cuerpo. Soñaba con sentir sus labios.
Día tras día, ella lo veía, de tan alto estandarte como siempre. Hasta que un día se cansó de no estar a su altura. Ese día lloró, gritó, rompió, pegó y pataleó, mas de nada le sirvió.
Cansada de ser quien era, decidió comenzar un juego, comenzó a fingir. Se paseaba por el castillo del que era sirvienta con un largo vestido azul, una tiara y unos brillantes zapatos de cristal. Pasaba por delante de su príncipe, una vez tras otra, pero él jamás se fijó en ella...
Cuenta la leyenda que el primer día de octubre, en una mañana fría, encontraron a una chica de largos cabellos pajizos... ahorcada. Con el rimel corrido de tanto llorar y los pies sangrientos: sus zapatos de cristal se habían roto. Dicen que parecía una princesa. Así que la enterraron como a tal.
Mas, el príncipe no acudió a su funeral. Estaba demasiado ocupado buscando a la sirviendo de profundos ojos castaños que tanto le había llamado la atención... ¿Cómo se llamaba?
Ah si, Cinderella...

martes, 5 de marzo de 2013

Blas de Otero.

Con palabras se pide el pan , un beso,
y en silencio se besa y se recuerda
el primer beso que rozó aquel pétalo
en el jardín de nuestra adolescencia.

Las palabras son tristes.Tienen miedo
a quedarse en palabras o promesas
que lleva el aire como un beso muerto:
pobres palabras que el olvido entierra.

Dadme una cinta para atar el tiempo.
Una palabra que no se me pierda
entre un olvido y un recuerdo.

Quiero que el aire no se mueva y venga
un mal viento que arrastre por el suelo
años de luz, palabras bellas...

domingo, 3 de marzo de 2013

Un sol que no alumbra.

Y bailamos bajo la lluvia, hasta que nos dolieron los pies. Sólo Madrid fue testigo de nuestra historia. Solo Madrid puede contar cuantas caricias nos dábamos por minuto, cuantas veces se tocaron nuestros labios en una tarde, y cuantas miradas se perdieron en el sol. El sol que esa tarde era más oscuro que nunca. El sol que esa tarde, nos obligó a despedirnos para siempre...              [TL]

Vivir(te)

Tal vez nunca debimos prometernos nada. Si hubiera sabido que ese "para siempre" tenía fecha de caducidad, tal vez las cosas serían diferentes. Yo seguiría entera, y tu no sabrías mi nombre.

sábado, 2 de marzo de 2013

Tu respiras; yo escribo.

Somos, queridos amigos escritores, unos enfermos. Como nuestro muy bien conocido Moga me (nos, realmente, pues no iba sola) confesó íntimamente, no somos personas normales. Las personas normales se quitan los problemas de encima hablando, o escuchando. Palabras, pero con sonido. Nosotros no. Nosotros nos alimentamos de palabras mudas, lo damos todo por ellas, y ellas nos devuelven los favores en forma de saco; saco donde meter hasta la ultima de nuestras inquietudes. A nosotros no nos gusta interaccionar con alguien, pero si con algo: con un papel y un boli. No somos gente de acción, por lo menos de acción real. Somos unos automarginados; nos encerramos a escribir, sintiéndonos violentos si hay alguien mirando. Sufrimos, sufrimos un problema mental. No, no somos normales. Sufrimos para escribir y escribimos para sufrir (o dejar de sufrir, depende del escritor). Cuál es nuestra enfermedad, es algo que no puedo contestar. Cada unos tenemos la nuestra.Si queréis, os puedo decir la mía: yo escribo para que me quieran. Así es. Pues cada vez que quieres a algunas de mis palabras, quieres a una parte de mi, por pequeña que sea esa parte. Pues, por eso escribo yo (carencia afectiva, lo llaman mis amigos). Pues, yo vivo por eso.
Sino fuera por las palabras y la posibilidad de usarlas , aún siendo mudas, yo no viviría. Y cada vez que alguna de mis líneas, te hace sentir algo, yo vivo de nuevo.