Corro. Las ramas de los árboles rasguñan mi piel. Pero eso es lo que menos me importa en este momento. Solo pienso en huir. Huir. Huir. Intento seguir a mis compañeros, pero los pierdo de vista. Escucho tiros, gritos, insultos, e incluso súplicas. Aunque ésto último, en menor medida. Llevo mi pequeña pistola en la mano. Con una sola bala. Y ya se lo que eso significa. ¿Cómo me he podido dejar el fusil en el campamento?
El sudor me cae casi a chorros, pero se que si paro, me alcanzarán. Y no les voy a dar esa satisfacción. Esos asesinos no me van a coger, por lo menos con vida. No se cuanto tiempo llevo corriendo, pero aun escucho la respiración agitada de algunos rezagados que, como yo, pensaban que podríamos luchar contra ellos. Pero nos superan. En número, y en calidad de armas.
No puedo seguir corriendo, me fallan las piernas, y me dejo caer. Me escondo como puedo, temblando, detrás de unos arbustos. Veo pasar a ''rebeldes'' de todas las edades. Nos llaman rebeldes por tener una ideología contraria a la dictadura, y se piensan que ya han ganado la guerra. No saben lo equivocados que están. Esta guerra no terminará hasta que no derriben al último republicano que quede en pie. E incluso entonces, el pueblo reclamará el poder que le pertenece; el de decidir. Lo que los de arriba no saben, es que, si los de abajo se tambalean, ellos terminan por caer. Pero algún día les enseñaremos la lección.
Mi corazón casi ha recuperado su ritmo normal, así que decido ponerme en pie e intentar correr hacia el campamento más próximo. Entonces, lo veo. Un militar, me apunta con un rifle. No debe tener más de 25 años. Seguro que nunca ha disparado contra nadie, ya que se le ve indeciso. Pero yo conozco cual será su decisión final. Lo miro a los ojos al grito de ''¡Viva la República!'', y lo último que siento es como mi dedo aprieta el gatillo al lado de mi sien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario