Siento como pasan los días entre la más terrible soledad. De una mano, la tristeza. De la otra una botella que nunca acaba. Mueren los recuerdos más brillantes, y la oscuridad inunda mis neuronas. Propago olor a desesperación allá por donde paso. Pero, ¿qué puedo hacer?, si no me queda nada.
Me queda una triste foto, de esas en blanco y negro. Y me queda una puesta de sol. Y luego otra, y otra, y otra... Jamás pensé que las horas pasarían tan deprisa, ni los segundos tan despacio.
Y día tras día, regreso a mi innovadora rutina: innovadora porque el alcohol borra mi despechada memoria. Y tal vez, sino lo hiciera, me sentiría aún más rastrero.
Día tras día regreso a ese balcón, a la misma hora, con la misma ropa. Y la espero. Espero verla llegar, espero verla aparecer, con su natural y genial desparpajo, con su vestido de flores y su sombrero de paja.
Pero luego recuerdo que ella no volverá, nunca volverá. Se fue, se fue por mi culpa. Fui demasiado cobarde como para no dejarla ir, al igual que lo soy como para quitarme la vida. Lo he pensado tantas veces que me parece tan natural como montar en bici.
Y entonces, como cada noche, tras horas de no pensar, la verdad me abruma. Solo, cobarde, débil.
Y como cada noche, me ahogo en alcohol hasta que pensar duele.
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