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jueves, 23 de mayo de 2013

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La oscuridad se apodera de las calles de la ciudad. La luz enfermiza de las farolas brilla de forma escasa, mientras multitud de personas caminan dirección a diossabedonde con bolsas cargadas de botellas de alcohol. Una ambulancia se dirige a toda prisa al hospital más cercano. Las salas de cine están llenas, los teatros resurgen, y el aeropuerto contempla inerte miles de saludos y despedidas. No importa la hora, ahí fuera siempre hay acción.
Sin embargo, aquí dentro llega una hora donde las luces se apagan y las palabras sobran y hacen falta. Cada noche la misma historia, cada noche vuelta a empezar. Es como si con la oscuridad, triunfara la tristeza, el desasosiego. Todas la noches reinan las lágrima, y se dan los sollozos como banda sonora. Banda sonora de nadie, banda sonora que nadie escucha, ni si quiera por casualidad.
Solo los espíritus de generaciones antiguas me escuchan a altas horas de la noche, pero tal vez yo, en la soledad de mi cuerpo, tenga suficiente como para no querer hacerme oír.
Mientras que la ciudad siempre está llena de risas, llantos, lloreras, sollozos y sonrisas, mi mundo está lleno de nada.

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