Hace generaciones existió una princesa, una bella princesa, llamada Cinderella. Con una larga cabellera color pajizo y unos profundos ojos castaños.
Vivía apresada en sí misma, encerrada en su interior. Dicen que no confiaba en nadie. Que lloraba cada noche y le tenía miedo a la felicidad. Hasta que lo vio a él. La primera vez que lo vio ella era una simple campesina, una más, un personaje secundario. No se atrevía a decir nada, por miedo a que se rieran de ella, a que le dijeran que una aldeana como ella jamás conseguiría estar a la altura de un príncipe.
A partir de entonces, en vez de llorar por las noches, comenzó a soñar. Soñaba con su voz, con sus manos recorriendo su cuerpo. Soñaba con sentir sus labios.
Día tras día, ella lo veía, de tan alto estandarte como siempre. Hasta que un día se cansó de no estar a su altura. Ese día lloró, gritó, rompió, pegó y pataleó, mas de nada le sirvió.
Cansada de ser quien era, decidió comenzar un juego, comenzó a fingir. Se paseaba por el castillo del que era sirvienta con un largo vestido azul, una tiara y unos brillantes zapatos de cristal. Pasaba por delante de su príncipe, una vez tras otra, pero él jamás se fijó en ella...
Cuenta la leyenda que el primer día de octubre, en una mañana fría, encontraron a una chica de largos cabellos pajizos... ahorcada. Con el rimel corrido de tanto llorar y los pies sangrientos: sus zapatos de cristal se habían roto. Dicen que parecía una princesa. Así que la enterraron como a tal.
Mas, el príncipe no acudió a su funeral. Estaba demasiado ocupado buscando a la sirviendo de profundos ojos castaños que tanto le había llamado la atención... ¿Cómo se llamaba?
Ah si, Cinderella...

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